Chauvinismo v/s deseo de arribar

Me apropio de la idea de que Chile también soy yo. De antemano, lo pongo como primer manifiesto para prevenir cualquier tipo de malentendido. Me refiero a que me resulta atractivo, pero cada vez más imposible analizar y deslavar la identidad del ser Chileno desde lejos, dejando mis propios prejuicios, mundos internos y educación.

Este paisaje local se nos ofrece a veces poco nítido. No creo que seamos todavía un país que tenga una idea clara de cómo somos, tampoco creo que tenga porque existir esta claridad, pero sí creo que es una búsqueda constante, que pareciéramos necesitarla. Como un seguro, un aval, un testigo que nos ampare. Puede tener que ver con nuestra identidad mestiza (primer tema obligado en la asignatura de Historia y Ciencias Sociales, en la renovada jornada completa de educación secundaria), con el haber sido colonia, el patio trasero de uno de los grandes. O con una inseguridad intrínseca, ser apocaito, un hablar bajito y con diminutivos; inseguridad que tampoco sé si es causa o consecuencia. Esta inseguridad es muchas veces un arma de doble filo, porque cual perro encerrado, no sabe si atacar o correr. Y en estos dos polos, en esta dualidad cotidiana, se crean muletillas, botones de pánico. Uno de estos tics nerviosos puede ser caer en un chauvinismo exuberante, por muy redundante que parezca. Desde chica vengo escuchando “Talca, Paris y Londres”, o que la bandera chilena ganó el premio a la más linda del mundo. Premio que también obtuvo, pero en segundo lugar, nuestro himno, siendo derrotado solamente por la dramática marsellesa. O que tenemos el récord guinness del pisco sour, el chaleco, la empanada, el curanto y el choripán más grande del mundo. Y no es que ponga en duda todo esto, no es el punto. Es el fanatismo con el que se plantean y defienden, como si el ser acreedores de estos reconocimientos nos hiciera más Chilenos, como si tuviéramos la necesidad de estamparnos en los libros con victorias. Irrelevantes a mi entender, sin gusto a ná. En una esquina opuesta está, casi como método de defensa, un arribismo generoso. Donde se celebra harto tener apellidos extranjeros, como para que no se vaya a notar que somos tan Chilenos. Donde se desconoce y se enajenan las tradiciones, populares o no. Como si no existiera la CH, la chupalla, la chuchoca, el chupete, la chela, la chanchá, la chechi o el Chino Ríos. Y no me refiero a clases sociales, en absoluto. Sino que me refiero a vivir, o pretender hacerlo, como si sólo existieran influencias nórdicas. Como si todo lo que viene de allá arriba fuera mejor, estuviera bien hecho. Y acá somos todos mediocres, flojos y curaos. Cultura importada, enajenada. No sé si avergonzada o ignorante, sin caer en peyorativos, porque creo, y aquí es donde entra el diseño o cualquier disciplina que sea capaz de educar y construir, que es una labor y no un instinto en nuestro país el acercar nuestra identidad a nosotros mismos. Y no creo que corresponda que vengan terceros a enseñarnos cómo hacerlo, como cuando los Alemanes se enamoraron del sur y sólo así a muchos les parece más acogedor. Y comprender, o al menos conocer nuestra identidad tiene que ver con lo bueno y lo malo, sin caer en sub o sobre valoración. Tiene que ver también con que la identidad que se percibe es personal y no estoy segura aún de que exista un intangible, un abstracto que nos albergue a todos, y por lo mismo, esta idea de identidad debe ser educada, trabajada, construida. Desde el mundo, desde los prejuicios, las aspiraciones y los miedos de cada uno, ser capaces de acercarse y reconocer qué hay en el ser chilenos, qué de todo eso veo en mí y qué de mí veo en otros. Creo fervientemente, y me siento afortunada de tener la posibilidad de abrir este camino, que en gran parte esta pega nos puede corresponder a los diseñadores y futuros diseñadores. Digo puede, porque no creo que sea un imperativo, más bien una opción. Tener la posibilidad de mostrarnos a nosotros, como chilenos, más de nosotros mismos, de hacer por qué no un ícono, un concepto, un abstracto o un concreto. Y también, de mostrarle al resto, una identidad consolidada que se pueda llevar a lo pragmático, a lo exportable. Harta falta que nos hace, dejar de querer pertenecer o no pertenecer a estándares externos por no ser capaces de resolver qué somos en realidad.

Amanda.-

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